Una auténtica e intensa historia de desamor entre el FC Cartagena y el gol. Durante noventa minutos intensos, electrizantes y vibrantes, el conjunto albinegro firmó una de sus actuaciones más completas y brillantes en lo que va de arranque de temporada, pero terminó abocado a un empate sin goles que dejó un regusto marcadamente amargo en una afición albinegra que no daba crédito a lo que presenciaba.
Desde el pitido inicial, la propuesta del equipo dirigido por Íñigo Vélez tuvo la determinación, el coraje y la fe ciega de quien se niega rotundamente a dar nada por perdido. El Cartagena saltó al terreno de juego dispuesto a adueñarse de principio a fin del relato del partido, estructurado a través de una alineación altamente competitiva con Lucho bajo palos; una zaga sobria, sólida y proyectada constantemente hacia adelante con Marc Jurado, Nacho Martínez, Lohr e Imanol Baz; un centro del campo de mucha altura táctica compuesto por Ibán Ribeiro, Pablo De Blasis, Pablo Clavería y Javi Ajenjo; y una dupla atacante repleta de colmillo conformada por Raúl Dacosta y un incisivo Toni Villa. Enfrente, el Gimnàstic de Tarragona intentó parapetarse con Ayesa.
El monólogo albinegro no tardó en desplegar sus primeros y amenazantes compases. Apenas se habían disputado ocho minutos cuando Raúl Dacosta probó fortuna con un potente latigazo desde la frontal que se marchó acariciando la madera. La presión alta ideada por el técnico local maniató por completo la salida de balón del cuadro catalán, convirtiendo el choque en un dominio territorial absoluto del Cartagena.
Sin embargo, en el minuto 23 comenzó a fraguarse la gran maldición de la tarde. Toni Villa inventó un centro medido al corazón del área para que Ribeiro rematase de primeras con el alma; cuando la grada ya se preparaba para cantar el tanto, emergió la figura gigantesca de Ayesa para sacar una mano milagrosa sobre la misma línea.
La tensión narrativa fue en aumento poco después, en el minuto 27, cuando el colegiado fue avisado desde el VAR para consultar en la pantalla un posible penalti sobre Ribeiro. Tras dos minutos de contenida respiración en el Cartagonova, el árbitro decretó que no existía infracción, echando más leña al fuego de la rebeldía albinegra.
Lejos de venirse abajo por el desengaño, el Cartagena redobló su apuesta antes del descanso con una genialidad de Toni Villa, quien sentó a su marca con un taconazo de fantasía en la línea de fondo antes de sacar un disparo cruzado que no encontró puerta por milímetros.
Tras la reanudación, esta historia de amor no correspondido alcanzó tintes francamente dramáticos. En el minuto 49, un libre directo botado de forma magistral por Nacho Martínez superó a la barrera y estrelló su violencia contra el larguero, devolviendo un sonido sordo que retumbó en todo el coliseo cartagenero. El Cartagena lo intentaba de todas las formas imaginables: centros laterales, diagonales venenosas de Dacosta y balones filtrados con sutileza por De Blasis, pero la pelota se obstinaba en rechazar cada acercamiento.
Ni el carrusel de cambios en el tramo final —con la entrada de hombres como Moreno, Jean Jules y Richarte para refrescar el ataque— logró romper el maleficio frente a un Nàstic atrincherado que dio por bueno el punto sin arriesgar nada.
Al término del encuentro, el 0-0 del luminoso certificó un reparto de puntos que no hace justicia al arte, a la entrega ni al despliegue sobre el verde. El FC Cartagena cortejó al gol con todas sus fuerzas hasta el agotamiento, pero se marchó a vestuarios con la amarga certeza de quien sabe que mereció un final mucho más feliz.
Esta lección de fútbol sin premio deja a los cartageneros con una mezcla de orgullo por el juego desplegado y amargura por el botín obtenido. Aunque el casillero solo sume un punto, la imagen de dominio absoluto, la ambición táctica de Íñigo Vélez y la capacidad para acorralar a un rival de entidad marcan la senda a seguir para el resto de la temporada. Si el conjunto albinegro mantiene este nivel de propuesta y electricidad en las bandas, la reconciliación con el gol será solo cuestión de tiempo.
La Opinión
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